El otro, como medida de la propia madurez

Tender a la unidad, para que desaparezcan los personajes. Tender a la unidad, para comprender que todos somos Una sola gran conciencia.

Autor

Licenciada en literatura comparada, escritora, cantante , actriz y traductora. Ha publicado junto a Alejandro Jodorowsky los Best Sellers: La vía del Tarot (2004) y Metagenealogía (2011). Desde hace años, recorre el mundo brindando talleres sobre Tarot, psicología familiar y el arte de crear ficciones sanadoras.

El otro, como medida de la propia madurez por Marianne Costa

Tender a la unidad, para que desaparezcan los personajes. Tender a la unidad, para comprender que todos somos Una sola gran conciencia.

Desde el punto de vista del SER, el mundo está perfecto así tal y como está. La perfección absoluta es en este momento. Desde el punto de vista de la acción, del hacer, del cómo me voy a insertar en el flujo, desde ahí hay que buscar la acción justa. El flujo del río es perfecto, pero si yo como ser humano quiero navegar por ese río, voy a tener que manejar una embarcación, y cada acción, gesto y acto de manejo debiese tender a ser una acción justa, una acción que me mantenga enraizado en la corriente y que al mismo tiempo me permita recorrer el camino a lo largo del río.

En este recorrido no estamos solos, no somos los únicos que van navegando por ese río. Aparece el otro, cada cual en su propia barca, con su educación, su personalidad, sus trabas y virtudes. Resulta inevitable en que en este viaje nos tenemos que relacionar con “el otro”
El otro es la medida de nuestro nivel de madurez, madurez que va hasta la realización espiritual (en donde el adulto total es un sabio despierto).

El otro es una escala de medida. Mi nivel de paz, mi capacidad para vibrar en armonía con el otro está ligado a mi nivel de sabiduría. El otro siempre tiene una “agenda” que nada tiene que ver contigo. A veces la única forma de entrar en una relación saludable con “el otro” es soltando el deseo de tener la razón, es cediendo, es disolviendo tus deseos, tu ego y tu personalidad. Claro que esto hay que hacerlo estando consciente de que se está haciendo, porque de lo contrario se cae en un estado donde no tengo control.

Pero cuando se tiene cierta madurez uno es capaz de ceder, de dejar pasar al otro, podríamos incluso llamar a esto dejarse alienar. ¿Qué ganas? Nada, aunque ciertamente tus relaciones serán más pacíficas, porque cuando transitas por la vida sin querer tener la razón no discutes con nadie, pero al mismo tiempo sabes que en el fondo y en un nivel profundo, no hay nada que discutir, nada que ganar, ningún punto que defender, porque se han trascendido los opuestos.

Alienación y amor incondicional son dos caras de la misma medalla. Suena un poco contradictorio, pero tiene sentido: cuando te fundes en el amor, tu personalidad desaparece, el otro eres tú, tú eres el otro, y estás en condiciones de disolverte, de posponerte, de alienarte conscientemente. Ya no hay separación, y el bien del otro es también tu bien.

Esto sirve porque el otro está dentro. Cuando envejecemos también aparece “otro”, cuando enfermamos aparece “otro”. Tendemos a entrar en la lucha con ese otro, cuando lo ideal sería aceptarlo (tanto al otro que está “afuera” como a los otros que “están adentro”)

Tender a la unidad, para que desaparezcan los personajes. Tender a la unidad, para comprender que todos somos Una sola gran conciencia.

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